Tuesday, June 30, 2015

El lenguaje es una zona de riesgo






Antes de irme nunca me había puesto ronca ni me había dado cuenta de que el silencio es ese lugar donde quiero estar.


De lejos el mejor libro de Claudia Piñeiro, que deja de lado el suspense presente en Las viudas de los jueves, Betibú o Las grietas de Jara, y con el que se ha ganado miles de seguidores. En su novena novela, esta escritora nacida en 1960, se instala en una narración instrospectiva, silenciosa, como el personaje más destacado de esta historia, que nos deja oir su voz, solo cuando ella considera que es necesario. ¿Pero cómo se narra con silencios, cómo se construye una vida callada, cómo se escriben cartas silenciosas?
Las respuestas podr
ían bordear el camino de la soledad, la muerte de una persona que se ha amado, o posiblemente, haciendo evidente la distancia que separa a una madre de un hijo. A ratos, esta mujer, la protagonista de Una suerte pequeña, recuerda otra geografía con todo lo que eso implica: unos mapas de tránsito que en el presente de la narración quieren ser borrados. Pero su voz está ubicada en el silencio. Es desde ahí desde donde reconstruye su vida. Sin amigas, sin familia, sin amor.

Una suerte pequeña es un doble desplazamiento ficcional; por un lado la narradora despliega búsquedas en su memoria, y por otro,  deambula por las calles de Temperley, un barrio del conurbano bonaerense, huyendo. ¿Se puede huir para  siempre? ¿Se puede, una misma, borrar de la tierra y reaparecer 20 años después?


Del otro lado del territorio de la dictadura

A diferencia de otros relatos de escritores argentinos, en esta novela, la protagonista no huye  del horror de la dictadura, de sus secuelas, de sus fantasmas, ni tampoco regresa a ese espacio ya mítico del cono sur en donde todavía susurran los desaparecidos. Es decir, vuelve, y aunque lo hace, se distancia de uno de los temas más tratados de la literatura argentina. De este modo, la ruptura que hace Claudia Piñeiro, es profundamente interesante. Me atrevería a decir que su exploración literaria recién empieza, no sólo por la temática que eligió para esta última novela sino también por el manejo del lenguaje, en la construcción de sus personajes que se hacen hondos y en su magnífica simplicidad para contarnos o recrear diálogos (esta característica, sí, siempre presente en sus obras pasadas). Sobre todo, en su estilo clásico para mostrarnos lo que, como lectores,  no sabíamos, o poner frente a nosotros personajes que repentinamente se redescubren y que a propósito de este redescubrimiento cambian el curso de la historia. Ni para qué nombrar aquí la purgación,  que no podemos evitarnos leyendo Una suerte pequeña. Pero es aquí en donde esta autora logra incomodarnos y hacer que pasemos de la diversión a un estado del que tardaremos en recomponernos.

Un diario, una bitácora, un testimonio,  una historia sobre la identidad.

¿Quién es María Elena Pujol, quién es Marilé Lauría, quién es Mary Lohan, quién es Mary, María. Una mujer desdibujada, dañada pero no rota, dice en algunos momentos la narradora de Una suerte pequeña. Dice, también, sobre sí misma, que hay muy pocas certezas. En ese sentido se replantea su propia maternidad y repara en que lo que muchas mujeres consideran absolutamente inherente a la condición humanofemenina definitivamente para ella, jamás lo fue. Este personaje de ficción entraría en mi clasificación de lo que yo llamo muñecas averiadas. Esas que deambulan por las páginas de la literatura despedazadas como La mujer rota de Simone de Beauvoir, o como Anna Karenina, como Emma Bovary, como la protagonista de La campana de Cristal de Silvia Plath o cualquier mujer de los cuentos de Jumpha Lahiri en Tierra desacostumbrada. Muñecas literarias imposibilitadas por nudos históricos y culturales de los que no pueden escapar. En la novela, no sólo la protagonista tiene un desperfecto, su madre, también.

“ ¿Es verdad que tu mamá está loca?. Pero mi padre dijo que no, y para mí, si él lo decía, así era. Mi madre no era loca, pero esa negación no constituía por sí sola una explicación suficiente para su comportamiento esquivo. “¿Entonces qué tiene?, quise saber. Tristeza, contestó mi padre, una tristeza que le viene cada tanto, no siempre está ahí; tu mamá se acuerda todos los días, pero acordarse es otra cosa, la tristeza sólo le viene cada tanto.

La avería o el daño, en este caso, viene de fábrica. Intentar reparar el daño es construir la identidad en un círculo que no tiene fin.  En este intento, Mary Lohan, decide escribir, aunque señala y reitera que no es escritora.
Como paliativo para el tiempo que no se recupera, la protagonista nos permite leer su Cuaderno de bitácora intervenido y con ello logra credibilidad. Sólo por esta elección, yo pasaría por alto detalles poco verosímiles como la manera en que conoce a su segunda pareja. Y los paso por alto porque es posible que mi prejuicio sobre La bondad de los extraños influya en este juicio. Me quedo con la poética del aprendizaje de Mary Lohan, que es un espejo de la poética de la última novela de Claudia Piñeiro.


Tal vez la felicidad sea algo para lo que no todos estamos preparados. A algunos, cuando ella acecha, cuando la sentimos cerca, nos da pánico. Y hacemos lo que sea para encontrar la manera de evitarla, para lograr que se desvíe de nuestro camino justo un instante antes de que nos toque. Porque el asunto es no saber qué hacer con la felicidad, cómo meterla dentro del cuerpo y seguir hacia adelante. Para algunos de nosotros es el malestar y no la felicidad el hábitat donde podemos vivir.



 Claudia Piñeiro ha escrito también literatura infantil y juvenil. Edebé publicó Serafín, el escritor y la bruja en 2002 y la editorial Norma, Un ladrón entre nosotros en 2004. Fue finalista del premio La sonrisa vertical de Tusquets con El secreto de las rubias en 1991, y entre sus premios está haber recibido el Sor Juana Inés de la Cruz por Las grietas de Jara en el año 2010.

Otra novelas

Tuya, 2005
Elena sabe  2006
Las viudas de los jueves. Premio Clarín, 2005.Elena sabe  2006
Betibú 2011
Un comunista en calzoncillos 2013



  


Monday, May 25, 2015

Pensar la muerte (1) ( o notas sueltas desde la insumisión)


Por Andrea Crespo Granda

 
“Mi madre me vino a dejar. Vestía una blusa de sangre y
cuando salimos la neblina de la mañana la envolvió
como si fuera una flor roja deshilachándose.”

 Raul Zurita

 A pesar de que se ha dicho cosas muy válidas y pertinentes en relación a la figura legal del femicidio y la vigente penalización del aborto en casos de violación; quisiera repensar esas demandas desde otra mirada: la mirada de la muerte. Cuando digo esto, más de una persona pensará en una visión fatalista sobre el tema o pensará en que es una obviedad puesto que el femicidio es eso: la muerte anunciada de una vida con violencia.  Y puede que se  piense, además, que el aborto está vinculado a una “cultura de la muerte” como abogan los grupos que trabajan contra los derechos fundamentales de las mujeres.
 
Sin embargo, cuando hablo de pensar la muerte, hablo de mirarla. Me explico: aquello sobre lo que se reflexiona es  aquello que puede vivir, que puede elaborar un camino, que  tiene  mayor permanencia en la personas. En ese sentido, cuando propongo pensar  y mirar la muerte, estoy proponiendo acercarnos y mirar cómo se han estructurado una serie de necro políticas, diseñadas para que la vida  no prolifere (2).  Algo así como cambiar todo para que nada cambie.  Y con ello instaurar la muerte del pensamiento, que es la muerte de la acción.
 
Vamos por partes. El primer paso en este pensar, implica al ojo: cómo vemos estas muertes. Para que exista mirada, debe pre existir un deseo. Desde aquí es indispensable conocer si como organizaciones sociales, feministas, personas comunes y corrientes, tenemos las competencias, las capacidades para poder mirar hacia/dentro de lo que implica la muerte de las mujeres imbuidas  en espirales de violencias.
 

I

Una rosa es una rosa (3)

 

Vivir cada día con la zozobra del golpe. Pensar cada día en cómo no provocar su ira.  Buscar que los desacuerdos no terminen en el rostro:

Sobrevivir cada noche.

Cada dureza de noche. Cada día.

 Quienes trabajamos en centros de atención y prevención de violencia conocemos, día tras día, las historias de vida de mujeres para las cuales la violencia es parte de su cotidianidad. Los servicios de atención pueden colocarnos en una paradoja: ¿por qué vivir de esta forma, por qué no cortar la violencia? Y al mismo tiempo ¿cómo es posible que las personas/prestadores de servicios/sociedad no puedan leer, darse cuenta, de la complejidad y singularidad de cada situación?

 

Estas preguntas tan simples son  parte del imaginario de la sociedad que públicamente condena la violencia contra las mujeres, pero que las deja solas, infinitamente solas; esperando a que ellas sean capaces de terminar, en soledad, con un monstruo como la violencia y los abortos clandestinos.

 

Y debemos decirlo: las mujeres que intentan denunciar y terminar con las agresiones tienen mayores probabilidades de morir como venganza por parte del victimario. Es fácil endilgar a las mujeres la responsabilidad exclusiva por su muerte, mas en estos casos hay toda una co-responsabilidad que se pone en manifiesto en las persistentes actitudes de minimización de los estragos y realidad de la  violencia de género e intrafamiliar.

 

Una rosa es una rosa: lo que es,  es lo que es. La  violencia  contra las mujeres no se resuelve en el silencio, ni perdonando. Se resuelve – de alguna forma- tomando medidas, haciendo cortes. Cortar con un malestar es lo que le otorga cualidad de diferencia a cada vida, por ende le otorga singularidad.

 

También  resolvemos en algo estas violencias cuando, una vez que las mujeres hemos optado por poner un alto, la sociedad garantiza toda una serie de medidas que nos protejan, que nos precautelen de nuevas agresiones, que no aumenten nuestro riesgo y vulnerabilidad; ese es el rol del Estado: contar con un sistema de protección integral que esté activo, alerta y con la capacidad de reconocer lo evidente: la violencia siempre será progresiva. Pero además debemos tomar en cuenta –y esto no es una competencia del Estado- que  la violencia ejercida por parte de quien dice querernos está atada por necesidades particulares irresueltas de amor, autoestima, autorrealización, goce;  que colocan a las mujeres en situaciones de dependencia afectiva, económica, emocional. La violencia se funda en despojar históricamente al sujeto mujer de  herramientas para elaborar una propia narración sobre nuestras vidas. Lidiar con esto nos demuestra que no solo debemos ver-mirar la piel, los golpes; debemos ver los hilos que mueven la violencia (4).

 

¿Podemos cómo sociedad civil ver estos hilos, de verdad? ¿Cuentan los jueces/zas,  trabajadores/as sociales y demás funcionarios públicos con procesos de capacitación para comprender que el femicidio no debe leerse solo como un hecho, sino como una crónica anunciada de una vida con violencia? ¿Podemos generar respuestas de empoderamiento económico, educativo, estético/corporal para las mujeres, una vez que estamos dispuestas a cortar la violencia? ¿Qué alternativas de información, de subsistencia, proponemos como sociedad a las mujeres qué no conocemos otro patrón más allá del maltrato? ¿Qué opciones para ser-ejercer una ciudadanía plena se dan para las mujeres en nuestro país?

 

II

La revolución consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos (5)

 

Mirar las condiciones que violentan a las mujeres es desestructurar al patriarcado, es desestructurar un sistema en donde las tecnologías biopolíticas están al servicio de ciertos sujetos (por lo general blancos, letrados, de clase media-alta, masculinos)

Mirar el femicidio como el resultado de una continuidad de violencia nos lleva a tratar de realizar un ejercicio de memoria. El feminismo adolece del desconocimiento de su genealogía, esto lo señala constantemente el/la feminista Paul Preciado. Entonces es necesario y urgente revisar los caminos de los feminismos en Ecuador, reconocer que las feministas son diversas, vienen de diferentes luchas y demandas. Esa multiplicidad enriquece el escenario a favor de los derechos de las mujeres; pero esos feminismos ecuatorianos requieren de una genealogía que les permita ser maleables y, a su vez, firmes para no dejar que el Poder lo convierta en un significante vacío, despolitizado, sin la potencia que implica ser femme fatale, hembra, puta, hermana, nerd, mujer, insurrecta, marimacha, asexuada, madre; en un sistema de privilegios para la violencia vertical que implica el ser hombre.

 

Una rosa puede pulverizarnos los ojos: mirar el mundo en clave feminista es mirar el mundo desde las posibilidades de la diferencia. El feminismo es, entre otras cosas,  una práctica para qué, aquello que ha permanecido subalterno, sumido en el silencio, pueda tener voz (6).  El feminismo no es una representación de La Mujer, ya que no existe una forma de ser nosotras, como tampoco es un vara para categorizar lo que es ser Hombre, a pesar de qué,  desde el feminismo,  se alerta cómo las ficciones políticas nos han impulsado a adoptar ciertos roles-posiciones de masculinidad y feminidad y  cómo  se han validado  ciertos roles por sobre otros.

 

He aquí la revolución: asumir un cuerpo sin órganos: el cuerpo no diagnosticado por las ficciones políticas como la democracia, la representación de género, la disforia de género, el macho izquierdotropical, la madre sumisa, la puta egoísta, el homosexual intransigente, el liberal inverosímil, la educadora sexual que reparte estampas de santos como protección ante el demonio del sexo, las que abortamos. (Artaud, 1947)

 

He aquí el incendio: mirar nuestros cuerpos como un arma, como una acampada en donde está peleando la Historia y tomar las armas. Ser insumis@s.

 

Nuestros cuerpos: sustancia elemental que se bifurca, que se agota: por eso es infinito.

Mirar nuestra precariedad, nuestra muerte tan temida e incendiarla con la vida.

III

La estrella lloró rosa (7)

(Una rosa es un incendio)

 

 

Propongo mirar la muerte y,  mirar es pensar. Pensar  la muerte es pensar en su administración. Pensar la muerte implica  reconocer que los Estados utilizan la experiencia de la sociedad para crear bunkers, mausoleos en donde entra la Historia, pero no nuestros cuerpos (8)

Uno bien puede lidiar con la muerte, pero no con las ausencias. Cuerpos que se acercan a Otros y lo tocan como un puñal incendiado en niebla. Madres  y padres que pierden a sus hijas (para ellos no hemos inventando un nombre). Cuerpos de mujeres que mueren bajo el puño de sus amantes, de abortos practicados en condiciones infrahumanas, cuerpos de hijos e hijas huérfanos como saldos de la violencia.

 

Una rosa es un incendio. Cuerpos de hermanas, de amigas,  que flotan en el ruido de su sangre.

Y digo ruido porque el silencio ensordece demasiado rápido y demasiado pronto, porque en Ecuador 6 de cada 10 mujeres  caminamos en la orilla de un femicidio, porque cada 4 minutos una de nosotras está abortando. 

 

Una rosa es un incendio. Nuestros cuerpos pueden encenderse en su propia fragilidad.

Pensemos la muerte, para hacer la vida.

 

 

 

 

 

NOTAS

 
1)     Este texto fue pensado como aporte para presentarse ante un encuentro de mujeres feministas. Su estructura emplea las voces de tres poetas como pilar de cada eje, pero el texto sufrió un esguince debido a un acontecimiento: la conferencia magistral de Suely Rolnik, dictada en el marco de la Semana Cero de la UARTES, en Guayaquil. Quiero agradecer a Bertha Díaz por propiciar un encuentro fugaz con la pensadora. Luego de este acontecimiento este texto ha sido contaminado por la necesidad imperante de seguir haciendo cortes distintos en el camino del feminismo
2)       Esta es una referencia al pensador Achille Mbembe y su propuesta  de necropolítica qué, para decirlo en breves rasgos, presenta al Estado como un  agente propiciador de políticas paraestatales  vinculadas a la administración de la muerte.
3)     Con este aforismo  Gertrude Stein logra que la rosa se haga roja por primera vez en la poesía, pues emplea la reiteración como una forma de hacer carne la palabra. En el uso de esta figura literaria la poeta logra poner a flote la cualidad de lo que enuncia y que “paradójicamente” queda oculto en el lenguaje.                                                                                                
4)     El rol del Estado debiera ser operativo-funcional. Brindar un marco jurídico que proteja y garantice derechos y una aplicación sostenida en la institucionalidad pública para que esto se cumpla.  Negar la importancia de la coordinación con el Estado es una necedad. Mientras vivamos en sociedades “organizadas”  es necesario poder ejercer la exigibilidad de los derechos a instituciones concretas, caso contrario la impunidad sería la ley.  Allí radica un trabajo fundamental del activismo y de la sociedad civil; el mantener una distancia saludable y prudencial entre el aparato estatal, la nuda vida y las tácticas de resistencia como refiere Agamben.
 
5)      Alejandra Pizarnik  
6)      Aunque es un guiño a G. Spivak, quien resuelve que esto es un imposible, en este punto  también me refiero a  la propuesta de G. Deleuze y  F. Guattari en la cual, mediante los agenciamientos colectivos,  ha sido posible  desmontar lógicas  y sistemas que han prevalecido en nuestras sociedades con privilegios  y,  esos agenciamientos han sido empujados por su misma potencia de heterogeneidad  en el escenario público. Pensemos en estas ausencias que se volvieron presentes desde la irrupción  (GLBTIQ´s, feminismos, ecologismos, etc.).  A eso me refiero con voz.
7)      Artaud.
8)      La entrada de los cuerpos a los dispositivos de normación se da, justamente, desde el posicionamiento de los cuerpos como objetos de catálogo: los sujetos afectados por patologías, los perdedores, las otredades periféricas, los migrantes,  y también las maternidades modelo, ciertos cuerpos que sí son  válidos, etc. Tomo la referencia de M. Foucault en  Dits et écrits. 1984.
 
BIBLIOGRAFÍA
·         Antonin Artaud (1947). Para acabar con el Juicio de Dios. Pieza radiofónica.
·         Achille Mbembe. (2011). Necropolítica. España: Melusina.
·         Félix Guattari. (2013). Líneas de Fuga: por otro mundo de posibles. Argentina: Cactus.
·         Félix Guattari y Suely Rolnik. (2013). Micropolíticas, cartografías del deseo. Argentina: Tinta Limón.